XOLOITZCUINTLE: EL PERRO MESOAMERICANO

Recientes estudios sobre el origen del perro común (canis familiaris) nos demuestran que su ancestro directo fue el lobo (canis lupus) hace 30,000 años. El proceso de domesticación tuvo lugar gracias a los grupos nómadas de cazadores-recolectores hace 10 000 años a.c. en Norteamérica. La presencia del perro común en Mesoamérica se establece probablemente hace unos 8,000 años a.c. Los restos más antiguos se encontraron en la Cueva de Tecolote en Hidalgo, cinco esqueletos de perros asociados a dos entierros humanos con una cronología de 5,500 años a.C.

El resultado de las investigaciones arqueológicas y los análisis osteológicos nos permiten identificar dentro de México la existencia de tres razas originarias de cánidos: el Itzcuintli o Chichi, el Xoloitzcuintle o Xolo y el Tlalchichi.

Las tres razas son fundamentales en la ritualidad de los pueblos mesoamericanos. Los aztecas solían acompañar a sus muertos con un perro de pelo amarillento y rojizo después de haberlo sacrificado por medio de una flecha disparada en el cuello del animal. El can sacrificado debía transportar sano y salvo al muerto a través de las “nueve corrientes” hasta el Inframundo. El día también requería un compañero, así surgió la figura del dios Xólotl con cabeza de perro, el encargado de guiar al Sol hacia su ascenso. El papel del perro como compañero espiritual de vivos y muertos tiene su origen en las culturas Zapoteca y Maya, quienes lo consideraban el dios del rayo.

El comercio que se daba con los perros en Mesoamérica (específicamente en los mercados de Tlaltelolco y Acolman) llamó poderosamente la atención de los españoles recién llegados a Mesoamérica. En sus Cartas de Relación, Hernán Cortés indica que en Tlaltelolco se vendían perritos cebados y castrados que se criaban especialmente para comer y para sacrificar. Sahagún menciona que había personas que por nacer bajo el signo de Nahui Itzcuintli serían afortunados y se harían ricos, por lo tanto, muchos de ellos eran estimulados a dedicarse al comercio de perros.

En la zona maya existen diferentes denominaciones para este animal. En general, perro se denomina pec; perro sin pelo se decía bil o también ah bil, el término ix bil significa perro pelón hembra y para mencionar a un cachorro se decía ah bincol. El perro tiene una compleja significación entre los mayas, se asocia con el fuego, con el relámpago y transporta a los espíritus de los muertos al más allá. Los curanderos y brujos uay tienen el poder de transformarse a voluntad en un animal, por lo general en animales domésticos como el uay pec (transformación en perro) o uay mis (transformación en gato).

La sangre de los animales puede sustituir a la humana en los sacrificios y ritos prehispánicos. En las fiestas del año K’an sacrificaban a un perro extrayendo su corazón, asimismo, en el mes de Muan, dedicado a los cacaoteros, mataban un perro manchado de color cacao y en el mes de Pax, sacaban el corazón a un perro.

Las fuentes históricas describen los rituales en los que participan. Pedro Sánchez Aguilar relata “lo que en mi niñez vi, que ahogan en un hoyo los perritos que envían para su regalo y comida que son vnos de poco, o ningún pelo, que llaman tzomes” Este mismo autor señala que en la Isla de Cozumel, los indios “vsan vn baile de su gentilidad y flechan bailando al perro que han de sacrificar”.

En Quintana Roo, el estudio arqueológico se ha enfocado en una importante colección de 93 perros descubiertos en San Gervasio, Cozumel, que datan del período postclásico tardío (1200-1500 d.C.). El estudio osteológico comparativo confirmó que los prototipos eran de perro común o Itzcuintli.

Resulta fundamental mencionar el revelador descubrimiento de otra colección de cánidos en el asentamiento prehispánico de Chac Mool, entre las Bahías de la Ascensión y El Espíritu Santo, en las Costas del Caribe Mexicano. En este contexto, fueron sacrificados e inhumados 19 perros, cuatro de ellos presentaron tres puntas de proyectil en obsidiana y una en pedernal, lo cual atestigua la inmolación por flechamiento. El estudio osteológico evidencia que la mayoría de los individuos presentaban una morfología y rasgos similares a los perros comunes; también se comprobó la presencia de un Xoloitzcuintli y otro tipo de perro distinto, quizás una raza propia del área maya aún por descubrir.

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